Grulla común (Grus grus)

¡Hasta el año que viene preciosas!

La grulla común (Grus grus) es un ave de gran tamaño, grácil, patilarga y de cuello alto. El plumaje, predominantemente gris, contrasta con su cabeza tricolor: el píleo (acordaos, la parte superior de la cabeza) es rojo, flanqueado por dos franjas blancas que se extienden desde los ojos hasta el cuello; el resto de la cabeza es negra.

Cuando está posada parece tener un plumero como cola pero en realidad son las plumas de sus enormes alas que al plegarse dan esa apariencia. La verdadera cola, mucho más corta, queda tapada por las plumas primarias (son las más externas) de las alas.

Grulla común (Grus grus) en las Tablas de Daimiel

Esta bonita zancuda es todo un icono de nuestras dehesas pero solo por unos meses ya que es un ave invernante de la Península Ibérica. Y aquí os voy a contar una historia curiosa sobre la migración de esta ave:

Hacia el mes de octubre es cuando empiezan a llegar a la Península, surcando los cielos con su característica formación en V y sus incesantes trompeteos “gruu gruu” (de ahí le viene su nombre científico Grus grus). Sin necesidad de mirar las previsiones meteorológicas, ya sabemos que se acerca el mal tiempo, los días más cortos… Su llegada, en definitiva, anuncia el inicio del invierno.

Bando de grullas con la típica formación en V

En estas latitudes, al caer la noche se aglutinan en bandos de hasta 30.000 individuos en embalses y lagos para así evitar el ataque de zorros y jabalíes mientras duermen. Según va amaneciendo, grupos de entre 5 y 200 grullas van levantando el vuelo y se dispersan por las tierras colindantes en busca de las preciadas bellotas.

Entre febrero y marzo comienza su regreso a las zonas de cría en el norte de Europa. Y como dice el refrán: cuando se marchan las grullas, tú quédate al sol y no huyas. Su llegada a tierras norteñas vaticina la llegada del buen tiempo, de la primavera.

Recuerdo a una pareja de noruegos que venía con nosotros a ver las grullas en las Tablas de Daimiel y, ante tal escena, exclamaron estupefactados que ¡esas no eran sus grullas! Y es que allí, por lo que nos contaron, son solitarias, esquivas y muy difíciles de ver. Así que os podéis imaginar lo sorprendidos (y la vez encantados) que se quedaron cuando al llegar a España vieron decenas de ellas desperezándose tras una larga noche y echando a volar poco a poco, sin inmutarse por nuestra presencia.

Sin duda, las grullas nos regalan cada año uno de los espectáculos naturales más impresionantes del invierno peninsular.

Bando de grullas yendo a su dormidero en Cabañeros

¡Hasta el año que viene preciosas!